lunes, 25 de abril de 2011

En estos días, la primera gran revolución que debemos hacer, la primera gran batalla que debemos librar no es contra el sistema ni contra el mundo infectado por la ambición; la primera gran revolución debe ser contra nosotros mismos, debe sanearnos, debe limpiarnos, debe legitimarnos como seres capaces.

Yo sé que es difícil, muchas veces vamos a llegar a un "fracasamos", pero sigamos dando la lucha, sigamos con el "seremos" por delante con el mismo ímpetu de antes (y de siempre) y un día, un buen día sin duda llegaremos a ser. Llegaremos a ser almas libres, almas puras, almas guerreras e indestructibles. ¿Y qué mejor arma podemos tener que nuestras almas consolidadas y firmes a dar la siguiente gran batalla?

Dicen que la revolución debe crear a un hombre nuevo, pero yo discrepo. Creo, más bien, que es al revés, el hombre nuevo que creemos, el Superhombre, va a ser el único capaz de dar la batalla y vencer, porque el hombre nuevo no puede ser destruido.

El alma, la mente, debe liberarse sola, debe vencerse a sí misma, debe hacerse de nuevo llena de virtudes, y así, solo así, será capaz de liberar al cuerpo, de triunfar ante las injusticias, de abrir los ojos y de tener la convicción de que lo que es de una forma no debe por eso ser así.

Moldeemos el mundo a nuestra imagen y semejanza, sí, pero primero seamos lo que queremos para el mundo, primero personifiquemos el futuro que deseamos en nosotros mismos, que solo así daremos paso a la utopía.